UN SORPRENDENTE VIAJE QUE LLEGÓ A LAS PUERTAS DE LA MADUREZ, LLENANDO DE NUEVAS SENSACIONES MI VIDA.

viernes, 21 de diciembre de 2018

¡Feliz Navidad!





A las puertas de la Navidad detengo este viaje para desearos que el espíritu de paz y alegría que se vive estos días perdure en nosotros con el tiempo. Nuestro viaje continua, con sus subidas y bajadas, con sus trayectos horizontales, siempre con fortaleza, libertad y esperanza. Es nuestro viaje, hagámoslo día a día único y maravilloso.

Se os quiere, sed felices.

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Las fotografías proceden de Internet, y no se cita al autor por no indicarse en el lugar de origen su autoría y procedencia. En caso de incumplimiento involuntario de algún derecho se retirará inmediatamente

sábado, 24 de noviembre de 2018

Días de lluvia



No solo en Valencia las lluvias están siendo intensas este otoño. Estas semanas anegan por doquier campos, calles, casas, carreteras, arrastrando todo lo que perturba su camino, y lo que es más doliente, vidas humanas. Indudablemente son lluvias necesarias, pero no deseadas, pues, aunque nutren los acuíferos, provocan daños innecesarios y punzantes. Si nos paramos por un instante, percibiremos que es como si la tierra llorara abiertamente y con más asiduidad desde hace unos años, como si estuviese desconsolada ante las atrocidades que cometemos los humanos no solo en ella misma, sino también en nosotros mismos, en el plano emocional.

Según ciertas culturas ese comportamiento de la naturaleza tiene en ese plano un porqué. Hace tiempo me dijo un chamán que cuando llueve descontroladamente es porque la tierra está sanando las emociones de sus habitantes, arrastrando la ira, el odio, el rencor, la violencia… todo aquello que nosotros mismos no somos capaces de limpiar a través de la meditación, la oración, la bondad, la empatía, una sonrisa. En aquel momento no le di mucha importancia, pero ante las noticias de desastres naturales por todo el mundo que nos golpean sin cesar desde hace unos años, voy dándole el valor que él me quiso transmitir.


Os cuento todo esto, porque hace una semana estuve en Madrid y presencié una secuencia que me dejo pensativo, pero sobre todo reflexivo. Esa mañana llovía sobre la ciudad a intervalos. Al pasar por la plaza de Isabel II me encontré con un hombre que, sentado en la posición del loto sobre el suelo mojado, meditaba ajeno a todo el bullicio que le rodeaba. Nada perturbaba su silencio interior, ni los coches, ni los paseantes, ni el agua que resbalaba sobre su piel y ropas mojadas. Me recordó las palabras de aquel chamán, y le vi como transmutando todo aquello que nos provoca dolor e incomprensión. Era como si su empatía por los demás, su amor por todo lo que le rodeaba, irradiara alegría y bienestar a los que nos cruzábamos con él. Fue tanta la impresión que me causo que tomé una fotografía por detrás para no descubrir su rostro. Al reflexionar, descubrí que no fue una casualidad que yo pasase por allí.




Estas semanas no están siendo muy estables para mí. Buena prueba de ello es que desde hace un tiempo no escribo en el blog como lo hacía antes. Esta vez no ha sido el trabajo o la familia la causa de ello. Aquella entrada en la que me sinceré ante vosotros con un anhelado te quiero, no fue entendida como yo pretendía. Puede que yo no me explicara bien. Lo peor es que llegué a la conclusión de que nunca me había explicado adecuadamente. Y no era por los mensajes que me dejasteis en el blog, que fueron sinceros desde el conocimiento, sino los que llegaron al correo electrónico. En ellos evidencié mucha incomprensión de aquellos que han buscado en mí comprensión hacía sus sentimientos. No todas las parejas somos iguales. Cada una tiene sus propios códigos, su forma de encarar una vida en común. Lo que para unos es un vicio a otros les une, lo que para unos supondría una ruptura en la relación, a otros les hace mantenerla viva.

En mi caso, anhelaba escuchar esas palabras por boca de mi mujer. Es más, no quería oírlas, pero si escucharlas, pues sabía que mi mujer me amaba, pero no lo expresaba por una herida que tenía que sanar. Ese momento de sanación llegó, alegrándome de no haber roto una intensa relación.

Aquel hombre que meditaba bajo la lluvia ajeno a todo me hizo sentir como el ser único e irrepetible que soy. Con su actitud percibí que nadie puede ni debe compararse con nadie, tan solo contar sus propias vivencias de las que el otro tal vez saqué alguna conclusión, o tal vez ninguna.

Me reafirmo en que soy un ser evolucionante que ama sin preguntar, sin juzgar, sin calificar. Un hombre que camina por la vida con sus vacilaciones, sus inseguridades, con sus miedos, y sobre todo con unas inmensas ganas de vivir. Soy feliz de ser como soy, de amar y ser amado, sin importar el sexo de una persona, sino su calidad humana. Amo a mi mujer igual que podría amar a un hombre, y no me avergüenzo de ser así. Un hombre abierto a la vida, que es lo mismo que a todo aquello que me haga feliz.

No es mi intención ofender con este comentario, para mi es todo un placer que compartáis este viaje conmigo y mostrarme vuestras sinceras opiniones.  Sin ellas no hubiese evolucionado hasta llegar al punto en el que estoy. Gracias por existir.