UN SORPRENDENTE VIAJE QUE LLEGÓ A LAS PUERTAS DE LA MADUREZ, LLENANDO DE NUEVAS SENSACIONES MI VIDA.

viernes, 22 de mayo de 2015

22 grados de playa


Ayer decidí ir a la playa nudista. Mi primer baño de sol de la temporada. Y digo baño de sol, porque el agua estaba demasiado fría para gozar de ella. En realidad solo había 22 grados en la playa.

Apetecía sentir en mi cuerpo la libertad que siento cuando estoy en una playa tan solitaria y virgen, aún cuando se vean muy a lo lejos los edificios de la ciudad de vacaciones.

Llegué casi a mediodía. Aparque el coche en hilera junto a otros. Justo entonces aparcó un coche todoterreno del que bajaron dos amigos y sus perros. Nos saludamos, me sonrieron y emprendí el camino hormigonado que conduce a la playa. Ellos tomaron el que se adentraba en la espesura del pinar.  A los pocos pasos un grupo de alumnos de una escuela tomaban el bocadillo bajo la sombra de los pinos. Les delataban sus risas y voces. Está vez no eran hombres en busca del placer de hombres.




Seguí mi camino. Al llegar a la playa una pareja de hombres tomaba el sol desnudos. Un tanto alejada una sombrilla daba refugio a un hombre solo, que no había ni osado a quitarse nada de ropa. Orillé por la playa gozando del agua fría al lamer mis pies. Quería caminar y caminar, sintiendo en cada paso todas las sensaciones de la vida. Sin más.

Mis pensamientos se desvanecían en la arena. Mis huellas dejaban sus regresos en los granos. Caminaba para encontrarme en mi. Pero miraba también el paisaje que hacía tiempo no veía. Otro hombre tomaba el sol de espaldas leyendo un libro. Seguí caminando.

De pronto, entre un hueco del cordón dunar un hombre desnudo me mostro su masculinidad en plena vivencia. Pasé sin prestar atención. Solo buscaba un lugar donde el sol me fuese cercano, donde nos encontráramos como apasionados amantes. En eso que por un sendero de maderas aparecieron los dos amigos con sus perros. Nos volvimos a saludar con una sonrisa, y seguí mi camino de playa pensando que el camino de ellos conducía también hasta allí.


Junto a un tronco deje mis cosas y mi roce rebozado de arena. Esta vez camine desnudo, sintiendo como una cálida mano recorría mi piel hasta acariciar mi sexo, dormido por mi mente, enardecido en su interior. Eran los dedos de mi amigo el sol que calentaban mi piel herida por el fresco que soplaba.



Un ciclista pasó a mi lado con la bicicleta al hombro, vistiendo mallas ajustadas y gafas de sol. Parecía como buscar un sitio, como si hubiese quedado con alguien y hubiese llegado demasiado pronto. Siguió hasta lo lejos, hasta convertirse en una pequeña mancha negra.

Pasado un buen tiempo me vestí emprendiendo el camino de vuelta. Al llegar a la pasarela de madera por la que habían salido perros y dueño me dirigí para dejar en una papelera el bote del refresco que me había tomado y porque no, ver hacía donde conducía su camino. Estando en ello un hombre joven caminaba hacía la playa cruzándonos cerca de la papelera. El se acerco hasta la arena para ver que la soledad invadía todo. Yo regrese sobre mis pasos una vez oteado el lugar, ya que una antigua casa solariega, hoy centro de interpretación, se alzaba a no muchos metros entre la espesura del bosque mediterráneo. Cruzamos de nuevo nuestros pasos como si fuésemos en búsqueda del otro. En ese preciso momento me di cuenta de mi error, pues seguro que pensaría que quería algo más ya que parecía desandar mi camino. Así que agache la cabeza para no mirarle a los ojos.

Ya en la playa ande y ande por la orilla en soledad hasta que vislumbre a un joven con barba que estaba sentado cerca de las dunas. Otro se acercaba sobre ellas. Casi nos cruzamos los tres a la vez. Siguiendo cada uno su camino. Entre ellos no hubo feeling. Cansado de caminar por la fría orilla, decidí meterme por un deceso de las dunas seguro de encontrar a muy pocos metros el camino de hormigón. El sol allí era más caliente al estar asediado por las dunas. Pero no fue así, sin pretenderlo me perdí en sendas holladas por el deseo, oliendo a sexo sin caras y a miradas observadas desde la distancia.

Me puse nervioso. No encontraba el ansiado camino. La vegetación era cada vez más abundante. No quería encontrarme con lo que no deseaba. Al fin tropecé con el camino en el mismo momento que pasó una guapa mujer. Me saludó y siguió su camino con una sonrisa en los labios. Seguro que pensaría que andaba buscando sexo al receso de matorrales.

Seguí mi instinto de orientación y de un camino pasé a otro y a otro, hasta que enfile el que me llevaría al aparcamiento. Me crucé con un hombre practicando el running y una chica me rebaso con su bicicleta. Todos esbozaron una sonrisa. De pronto, en uno de los recodos vi a un hombre que salía de una espesura de pinos para entrar en otra. Pensé que andaría buscando calmar sus deseos. Y en ese preciso momento me di cuenta que seguro que es lo mismo que pensarían de mi todos aquellos con los que me cruce en el calmado mediodía. Un hombre solo caminando por allí da a entender que anda a la caza de otro hombre con el que calmar sus ganas. Aunque no siempre sea así, aunque algunos solo vayamos a gozar del ecosistema, de la dorada arena y el rumor de las olas. La mayoría de las veces las cosas no son lo que parecen. Y en mi caso, ayer roce la superficie del deseo obligado por casualidades que eran como un juego. Respeto el cruising playero, y me ponen los magníficos relatos que escribe en su diario Marcos, pero no me veo perdiéndome entre la maleza para vivir el deseo de los hombres. Cada uno vive su vida con la intensidad que le pertenece. La mía, esta llena de silenciosos silencios.

Al llegar al coche me cruce con una pareja hetero que se dirigía a la playa con su nevera. Ya cambiado paró delante de mi otra pareja hetero cansada de peladear sus bicicletas. El me miró con detenimiento y sonrió abiertamente con un hola que a mi me pareció una invitación necesitada de hombre. Aunque ya se sabe, las cosas no son lo que parecen.