UN SORPRENDENTE VIAJE QUE LLEGÓ A LAS PUERTAS DE LA MADUREZ, LLENANDO DE NUEVAS SENSACIONES MI VIDA.

jueves, 5 de marzo de 2015

En los limites de la fidelidad (III)


Tal y como ya os comenté os dejo otras opiniones como si fuesen una entrada, en este caso son de dos amigos españoles del blog. Me parecen tan interesantes sus palabras que si las dejo donde las subieron ellos, esto es, como comentarios a mi entrada, corren el peligro de pasar inadvertidos.

Agradecer sus juiciosas palabras, que comparto y siento. Es difícil contemplar con paz el espíritu sagrado que se asienta dentro de nosotros si no nos conocemos en profundidad, y ello pasa por aceptarnos como somos.

En mi caso personal, decir que me siento como un viajero inmóvil. Un hombre que fantasea con sus inquietudes, pero que por respeto a su pareja no va más allá. Es un acuerdo al que llegamos los dos hace de ello ya unos años. Espero que nuestros amigos os ayuden a profundizar en la vida que nos ha tocado por suerte vivir.





Sagan

“Como en otras ocasiones, bastante de acuerdo con Germán y con Un-ángel. Cada uno sabe cómo va su historia. En mi caso, me he atrevido a hablarlo con mi mujer en tres ocasiones (Germán conoce mi historia bastante bien) y, como ya habré comentado antes, ella parece haber ignorado mis inquietudes sexuales. Si lo analizo objetivamente (cosa difícil al tratarse de sentimientos mutuos), entiendo que ella haya sentido mi declaración de bisexualidad como un peligro y, ante eso, haya decidido quizás no prestarle atención. A lo mejor con eso intenta conjurar esa amenaza; o, simplemente, evita pensar que ha fracasado como mujer al no atraerme al cien por cien. No lo sé pues tampoco se ha pronunciado claramente.

Algo en mi conciencia me dice (como afirma Un-ángel) que no deberíamos buscar fuera de casa nada que pueda poner en peligro lo que tenemos allí. Decir que sólo se comparte sexo pero no amor no sé hasta qué punto es moral. Ni yo mismo lo tengo claro pues sólo una vez en toda mi vida de bisexual (¡o de homosexual reprimido, que a mis casi 50 años aún no sé lo que soy!) me he abrazado a un hombre y nos hemos besado y poco más, a alguien a quien tengo muchísimo aprecio; es decir, no fue un encuentro con un desconocido. Y me gustó y no me arrepentí ni me creó ningún cargo de conciencia. Y eso me asusta pues puede incluso que si ese encuentro se hubiese dado en otras circunstancias, habría compartido con ese amigo “más piel” que un solo beso. Y entonces, lo piensas fríamente y te dices: Y esto, ¿dónde deja a tu mujer, qué clase de respeto sientes por ella? ¿No la estás engañando disfrazándolo de “satisfacción de una necesidad puramente física” aunque te digas a ti mismo que amor sólo lo sientes por ella”? ¿No es eso jugar a dos bandas? ¿Qué pensaríamos nosotros si fuesen ellas las que obrasen así? Germán comenta que él entiende la fidelidad en el amor pero no en el sexo. Pero está más que claro que ama tanto a su mujer que no sería capaz de dañarla “aunque sea sólo en lo sexual”. Que nadie se lleve a engaño con su declaración de principios. Los que le conocemos sabemos de la importancia que tiene para él su pareja. Tanto que le hace sufrir el pensar en hacerla sufrir. Por eso entendemos y compartimos el sufrimiento interno tan intenso que se siente al saber que hay algo incompleto en nosotros, una fiera insatisfecha, hambrienta de algo que nuestra pareja no puede darnos. Pero ¿cómo hacerles ver que eso no pone en peligro nuestro amor por ellas? ¿Cómo explicar que completar esa necesidad masculina de otro varón me liberaría de una ansiedad y una infelicidad de la que ella no es responsable? ¿Cómo pretender que comprenda y acepte así, sin más, que al rellenar ese hueco me entregaría a ella más plenamente, más liberado, más cómplice? ¿No es eso egoísta? ¿No es engañarse uno mismo con una justificación pueril? ¿Estaríamos dispuestos a entrar en ese juego en la situación inversa? ¿Tenemos derecho a exigirles a nuestras parejas que nos compartan por el bien de la relación? El “bien” ¿de quién de los dos? Realmente, como dice nuestro anfitrión al final de su entrada, no estamos preparados psicológicamente (ni unos ni otras) para amar desde la dualidad. Yo he aceptado como penitencia el llevar esta carga en silencio para no dañarla. Así de ruin me veo a veces.

No pretendo dar lecciones de moral. Vaya por delante, lo repito, que ni yo mismo sé lo que soy con claridad: amo a mi mujer, pero también siento el deseo de compartir algo con hombres desde la amistad: compartir charlas, un abrazo, un tocarnos las manos, o sentimientos sin sentirme avergonzado de ellos, o experiencias más puramente físicas si se dan las circunstancias. Este lío me hace sufrir hace muchos años. Por eso este blog y sus visitantes son tan terapéuticos para mí y por ello veo genial el que su administrador comparta con nosotros sus vivencias y esos correos que le llegan y que nos pueden ayudar tanto (y a lo mejor también nosotros a sus autores, ¡quién sabe!). Siento que esto también me haya quedado tan largo y plomizo, pero me ha sentado bien contarlo”


Driver

“Lo siento, pero querer estar con un hombre mientras tienes a tu mujer me parecen unos cuernos en toda regla. Parece diferente porque es mujer/hombre, pero te voy a plantear otra situación: imagínate que tu mujer quisiera estar con un hombre rubio a toda costa porque es lo que siempre le ha gustado, y en cambio está contigo que eres moreno. ¿Te parecería bien que se liara con un rubio, sólo porque es lo que le apetece en ese momento?


Con eso me refiero a las parejas cerradas. Que hay parejas abiertas que funcionan perfectamente (y en ese caso, puedes liarte con quien quieras, al igual que la otra mitad de la pareja). Pero en una cerrada, no, no y no”.


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