UN SORPRENDENTE VIAJE QUE LLEGÓ A LAS PUERTAS DE LA MADUREZ, LLENANDO DE NUEVAS SENSACIONES MI VIDA.

martes, 30 de septiembre de 2014

Bienvenida al otoño en la playa de mis deseos


Martes de otoño recién llegado, tanto que olía como a pan caliente en la tahona de las estaciones del año. Había llegado en la madrugada con el sigilo de un sueño entregado, sin parecer que mudábamos de estación.

Pronto amaneció por lo que me preparé para descender hasta mis playas más soñadas, las que están recónditas, ocultas para el que no es intrépido. Dispuse todo con el esmero de algo deseado, anhelado en años. Como la bajada es muy pronunciada, pensé que unas buenas zapatillas de montaña serían más adecuadas que unas de agua. Era tan temprano que tuve que cubrir mi cuerpo con una sudadera. Pero allí estaba aparcando el coche y ascendiendo por la playa del Barronal para llegar a sus calas tras bajar por una difícil y bastante arriesgada pendiente de roca y arena.

Al verlas las examiné con ganas, posando mis ojos en ellas con avaricia, deseo y anhelante voracidad. Aquel lugar era la vida, el paisaje de mi vida. Dejé todos mis enseres en un rinconcito bajo una pared de roca lamida por los años. ¡Todo!, hasta la ropa, para totalmente desnudo pasearme sin prisas por sus orillas, jugando con las olas que rompían con delicadeza para abrazar a su arena ya cálida por el sol que le daba generosos reflejos. 

Entré en sus aguas con estremecimiento pero agrado por la recompensa de tan maravilloso encuentro. Buceé, nadé, floté y me dejé llevar por la corriente hasta que el mar me dejó en la arena, recostado en la rompiente, saboreando con tanta intensidad el momento que me sentí tremendamente feliz.


Ya de pie, el sol fue secando mi cuerpo con ganas. Así, desnudo, me senté en la arena en la posición del loto para que la energía de aquel lugar penetrase en mí dorada, exultante, magnetizada por la vida, por el poder de Dios y mi propio deleite. Medite así un buen tiempo, llenándome de la mágica energía que irradia el lugar, como diría Séneca, la contemplación del universo eleva y satisface el espíritu, y eso es lo que hacía yo elevándome por encima de todo y todos.

Energizado con tanta hermosura me levante de nuevo. A lo lejos percibí la figura de un hombre que caminaba hacía mi. Hasta ese momento me encontraba rodeado de soledad y silencio. Sus pasos le acercaban vestido de oscuro, con un bastón de senderismo en la mano, tocado con sombrero y una pequeña mochila de la que pendía un botellín de agua. Saludo con una sonrisa que le lleno la boca, para seguir su camino que habría de llevarle por donde descendí tiempo antes.

De nuevo solo, un pensamiento cruzó mi mente con tanta rapidez que no le di tiempo a repensar. En un segundo me encontré cumpliendo una fantasía, correr desnudo sobre la arena mojada, dejando que mis pies se perdiesen en gotas de agua y mi pene se balancease al ritmo de mis pasos.

Cruce una cala, y luego otra, y otra y otra. Y volví sobre mis pasos hasta cruzarlas de nuevo. Me sentí tan pleno, tan vivo con tanta despreocupación y placidez que sentí que la vida era mía. En todo el tiempo no hubo ningún nudista, nadie que perturbara mi sueño, tan solo aquel senderista que me sonrió con calma. Curioso, porque al día siguiente cuando volví a la misma hora, había unos cuantos nudistas en tan ocultas, secretas calas, que se fueron incrementando a lo largo del día. Sin duda, aquella primera mañana de otoño quisieron por unas horas ser solo mías.

Goce y disfrute hasta el infinito, con la fuerza de aquel lugar hasta que a media mañana reemprendí el camino de vuelta, ascendiendo con la mochila a la espalda y el cuerpo desnudo, dando rienda a otra actividad que me apasiona, el senderismo nudista.

Fotografía de Juan Merkader
Deje las calas del Barronal atrás, para iniciar el descenso a la playa del mismo nombre. Me pareció extraño que a esas horas no hubiese nadie, pero así era. La playa estaba solitaria y expectante, como deseosa de que la hollase con mis ganas de placer y alegría. Se entregó a mi instantáneamente, acariciándome con sus trasparentes dedos de agua, para envolverme después con su túnica de arena mojada.

Caminé hasta un tronco varado. Sentado en su piel de madera me perdí en el color del mar y del cielo, azules con la intensidad que les daba la naturaleza. Escuche a mi corazón, a mi tiempo bello, a mis pasos sobre la vida, sentí mi alma, y comprendí aún más profundamente que hasta ahora, que mi camino va acompañado de los pasos de una mujer que es mi verdadera felicidad.

Fotografía de Juan Merkader
Estaba tan plácidamente entregado a sus placeres, que no me di cuenta que llegó una pareja con un niño de corta edad, instalándose al otro extremo de la playa con su campamento de un día.

Era la hora de irse, de dejar que otros la gozasen. A mi me esperaba el abrazo de un amigo y su sonrisa más complice.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Intento de crackeo del viaje




Sorprendido me he quedado cuando Gmail me ha advertido de un intento de crackeo de mi cuenta de correo esta misma semana. Han intentado acceder tres veces desde Madrid y dos desde Premiá de Mar en Barcelona. Curioso cuanto menos, ¿no os parece?

Ahora comprendo que estando en el Cabo de Gata esos mismos días daba error cuando intentaba entrar en mi cuenta de correo electrónico, lo que no entendía entonces ya que al cabo de unos minutos si lo podía hacer. Es de suponer que en esos momentos era cuando alguien pretendía entrar de forma ilícita.

Sigo sin entender porque se quiere acceder a una cuenta de correo privado en el que solo se habla de sensaciones. Siempre les digo a los amigos del blog que no envíen fotos personales y que no se utilicen nombres identificativos por si de caso, y mira por donde no iba mal encaminado.

Si alguien me puede explicar algo al respecto se lo agradecería. De momento, solo me queda insertar este aviso por si alguno de los que ha intentado acceder cree que puede encontrar algo valioso en mi cuenta de correo. Decirle que lo que se habla detrás es lo mismo que se habla en el blog, las fotos son las mismas, al igual que los sentimientos.

Dicen que el crackeo de la cuenta de correo electrónico personal de alguien es la mejor forma de controlar su identidad en línea, en este caso ¿para qué?



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Las fotografías proceden de Internet, y no se cita al autor por no indicarse en el lugar de origen su autoría y procedencia. En caso de incumplimiento de algún derecho se retirará inmediatamente

viernes, 26 de septiembre de 2014

Adiós verano


La vida te ofrece momentos sublimes, y está semana he vivido varios de ellos. Sin haberlo programado me encontré el lunes despidiendo el verano en la playa de mis sueños, ¡si! aquella en la que descubrí mi doble alma en un mes de septiembre de hace seis años.

Sin proyectar nada, sin mover nada, simplemente que tenía que emprender un largo viaje hacía el sur en coche, solo, para encontrarme con mi mujer que estaba de viaje de trabajo, y que mejor que una escala de unas horas en un lugar tan energético y mágico como es el Cabo de Gata.

Al llegar, lo primero que tuve que hacer es buscar un lugar donde pasar la noche. No tenía reserva en ningún sitio, ya que fue todo tan valenciano, como decimos nosotros “pensat i fet”, es decir pensado y hecho, que ni hubo tiempo para ello.

No me lo podía creer, después de cinco años volvía a ver la tierra que me encandilo con sus blancas casas, sus rojizos, negros o amarillos terrones, sus agaves, pitas o palmitos, y sobre todo su mar, tan trasparente, tanto como el alma de una persona enamorada.


Fue llegar, cambiarme con la rapidez del vértigo y marcharme nervioso y anhelante en busca de mi amada playa del Barronal. El camino de tierra se mostraba abierto a mis sentidos. La bahía de los Genoveses cautivaba espléndida con sus aguas quietas, punteada por bañistas que buscaban esperanzados retener aún al verano. Unos metros más allá comencé a ver los coches que señalaban el lugar donde debía aparcar, ahora estaba todo muy señalizado y por tanto acotado. No daba crédito a las sensaciones que estaba viviendo. Me sentía feliz.



A primera hora de la tarde, el largo camino de arena hacía la playa se volvía pesado, como si costase dar pasos sobre los deslizantes granos, pero el sonido del mar me advirtió de su cercanía y aceleré el paso.  

Allí estaba, aún hermosa, aunque extraña para mi. No la recordaba así, dividida en tres partes con otras tres lenguas de arena que lamían incesantemente el agua del mar. Casi sin mirar a los nudistas que allí había, dirigí mis pasos hacía la izquierda para ascender por aquellas piedras que habrían de llevarme al lugar de mis principios.

Me costó reconocerlas, parecían otras, pero las superé con ganas, y entonces llegó mi sorpresa, inmediatamente habría otra pétrea barrera, y pequeñas calas de un par de metros de arena. No comprendía nada. ¿Dónde estaba mi playa, aquella en la que un hombre me hizo más hombre?. No quise seguir ascendiendo y descendiendo por piedras sin arena, y al darme la vuelta me tope con un hombre que seguía mi camino. 

Le pregunté y me dijo con acento extranjero que el viento de Levante se había llevado casi toda la playa, dejando pequeñas calas, algunas tan pequeñas que solo ocupaban un par de metros La decepción asomó a mi rostro, mientras retrocedía en mis pasos. 

De repente, caminando por encima de las piedras, vi a un hombre de unos cuarenta años que desnudo se adentraba en el lugar que yo acababa de dejar. No sé porque me quede mirándolo por unos segundos con gratos ojos. Y eso, que en mi imaginación, pensé que ambos iban buscando cuerpos de hombre en el calor de la tarde. Ya en la playa del Barronal comprendí su mengua de arena, era el viento que quería poseerla con tanta fuerza que la rompía en mil pedazos hirientes no solo para ella, sino para los que la amábamos desde sus tibias y cálidas bondades.

Busque un sitio y me acomodé a gozar del momento. Al cabo de unos pocos minutos, volvió el hombre desnudo que me encontré entre los escollos de piedra con una sombrilla en las manos, tumbándose en su toalla que estaba muy cerca de donde yo había puesto la mía. A su lado un matrimonio andaluz, al otro lado un madrileño que parecía inquieto sentado en su hamaca, tanto que se levantaba una y diez veces, paseando por la orilla, o entablando conversación con muchos de los que allí estaban.

La verdad es que me abstraí de todo, disfrutando el momento con felicidad y goce. He dicho que me abstraí de todo, ¿verdad?, pues miento, porque aquel hombre que me encontré desnudo entre el camino de las dos playas me tenía cautivado y no sabía porqué, a no ser por llevar barba, y tener vello en su cuerpo, que al fin y al cabo son el tipo de hombres que me gustan, aunque en realidad irradiaba un magnetismo que me llevo a creer que acabaría conociéndole, entablando conversación con él.

Soy consciente que el me miraba también como hacemos todos en la playa, sea tumbado en la toalla, sea cuando levantaba la vista del libro que leía o al mirar como distraído mientras yo meditaba sentado en la posición del loto. Me sentía observado por él y, me gustaba que sus ojos me mirasen de vez en cuando.

El sol caminaba despacio hacía el oeste, apagando su luz en la playa. Los bañistas se iban marchando tras recoger sus cosas. Parejas, familias o gente sola caminaban hacía el interior de la tierra desandando el camino de arena. Tanto el madrileño como el matrimonio andaluz, se despidieron del hombre con una exigua conversación.



Al final de la tarde, quedamos cuatro hombres solos, dos en cada extremo. El sol quedo oculto por las montañas y decidí marcharme. Lo mismo debieron pensar los otros dos chicos, primero el que vestía camiseta azul eléctrico y pantalón de baño verde, a unos pasos de él, el otro con bermuda blanca y camiseta negra, y después yo. Tan solo se quedó el hombre que me atraía. Al pasar por su lado, inconscientemente, de mi boca salió un hasta luego, que el contestó con las mismas palabras. Fueron unas palabras extrañas para quienes no se volverían a ver.

Mientras me marchaba, me decía a mi mismo lo tonto que había sido por no haberle dado conversación cuando había visto que hablaba con otros nudistas. Sin duda mis miedos me atenazaban de nuevo. Parecía no tener remedio la situación, aunque en mi interior un palpito me decía que volvería a verle, pero eso lo dejo para otra entrada del blog, porque le he escrito una carta para publicar aquí, en la que le recuerdo hermosos momentos vividos sin estar escritos de antemano.

El verano del 2014 se marchó dejando en mi la huella de un hombre, cuyo recuerdo estará al lado de aquel que me susurro bellas palabras al oído un mes de septiembre de hace cinco años. ¡Barronal!, playa de inquietudes, deseos y grandes goces.




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Las fotografías proceden de Internet, y no se cita al autor por no indicarse en el lugar de origen su autoría y procedencia. En caso de incumplimiento de algún derecho se retirará inmediatamente